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Los Santos también tenían Demonios

 Que el título no habilite a creer que conozco a algún santo contemporáneo. Sucede que la Editorial Del Norte acaba de editar Demonios menores, de Mario Pons y la relación con la santidad la voy a explicar dentro de un ratito nomás.

Estoy entusiasmada. Comienzo a leer la novela de mi querido coterráneo Mario Pons sabiendo que el género fantástico le sienta muy bien y le gusta, dos cuestiones que dirigen su narrativa desde hace años, también estimuladas por un premio en un concurso, de esos que se convierten en fósforo, combustible y madera. Es que Mario, además de escribir, se ha dedicado a buscar madera en otros escribas, para sacarlos buenos, como el apreciado moderador de talleres literarios que es. La hinchada es mucha, el carisma es grande.

Volvamos a Delitos menores: una novela corta, potente y que mi avidez de lectura frenó en más de una ocasión. El freno suelen ser los capítulos, pero en esta oportunidad lo tuve en cualquier momento, cuando mi mente parecía estar vulnerable a los demonios de los protagonistas, tanto como si yo lo fuera.

¿De qué va la novela? Varios personajes enlazados por vínculos familiares y sentimentales. Hasta ahí nada de otro mundo. Sin embargo, el otro mundo aparece todo el tiempo, y es ese universo de la mente. Santa Teresa de Jesús le llamó “la loca de la casa”, hoy diríamos que es uno de esos dispositivos que no se pueden apagar así nomás. La tecnología avanza, pero con este aparatito nadie puede.

Debería ser descendiente de Buda para que Demonios menores no me haga sentir una más, especialmente por el principal personaje, Andrés, un padre de familia que trabaja y que, además de sostener la economía de la casa, quiere sostenerse a sí mismo. Hasta ahí nada de otro mundo tampoco. Ni la necesidad de escribir, al regresar del trabajo, para revincularse con su Yo, ni los terremotos que tiene que atravesar por asuntos tan terrenales como la infidelidad de su mujer. “Hay un yo relegado y otro que se dibuja en el horizonte.” La vida transcurre para todos, pero a cada uno la película le sienta diferente, la vive y protagoniza distinto, por ese deporte que abarca cualquier género y edad que se llama pensar, o mejor: sobrepensar. “Soy mi urgencia interna, mi desasosiego.”

El estrés siempre se va acomodando en la vida de cualquier persona mientras haya una actividad mental parecida a la loca de la casa de Santa Teresa. Después de todo, si la santa la llamó así, entonces ella también tenía sus demonios, menores a los de cualquiera, pero menores al fin.

Y me fui por las ramas, como la mente: basta un pensamiento para empezar las ramificaciones y cuando la planta se va en vicio...hay que cortar. A Andrés, el personaje que más protegí con mi empatía, el estrés le va acampando y ni poniéndose a escribir, reencuentra su esencia. La duda salta cualquier valla: la mente galopa hacia el pasado a buscar y rebuscar Quien era Yo antes de No ser más Yo, antes de que alguien o algo me ocupe el envase llamado cuerpo. “Pero no soy Andrés. Andrés no está”.

Demonios menores no me dejó ni santa ni endemoniada: me dejó tremendamente humana y se lo agradezco a Mario Pons. Porque leer una novela, además de viajar a otras realidades, permite darse cuenta que el viaje interior siempre está más bueno.

Andrés busca en la escritura no perderse. Formo parte de ese equipo, en el que el trabajo nos convierte en otro personaje y al llegar a casa, necesitamos confirmar nuestra verdadera identidad. Buscando la escritura, el arte, la música. El asunto es cuánta fuerza va tomando el otro personaje, o los otros, porque son muchos en esta vida 3D que concebimos. Formo parte de un equipo de personas que no pudieron erradicar el estrés (burnaut) de su vida sin pagar una factura onerosa, por ocupación indebida del alma. Pero también, integro el equipo de sobrevivientes, que después de la factura reconocen que son millonarios en Vida y tan solo se trata de hacer un viaje interior despojándose de algunos personajes propios, caretas y rótulos que lo/la quemaron. “Estoy a merced de este desborde espasmódico que se parece mucho a renacer.”

Me gustó ser parte de Demonios menores como lectora, porque me capturó con lo dicho y lo no dicho, con los diálogos ágiles y la sobriedad de los capítulos. El problema de las buenas lecturas es que se acaban pronto, si no dosificamos el placer. Como toda buena novela, la leeré de nuevo. Un viaje que se disfruta se puede repetir cuantas veces se quiera, y nunca será igual al anterior.

Es difícil ser en estos tiempos”, leo. Y cierro el libro, para respirar profundo antes de confirmar mi naturaleza ¿humana? ¿divina? Quien sabe. Gracias por las dudas, Mario, muchísimas gracias.

 
 
 

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